El aliento verbal de Hilde Domin ǀ Ensayo ǀ por Alberto Hernández

 

El proceso de la vida que impregna todo nuestro ser lo invade también, y aunque no usemos las cosas del mundo, finalmente también decaen, vuelven al total proceso natural del que fueron sacadas y contra el que fueron erigidas.

Hannah Arendt

 

Hablar de un poema supone, primero, hacer visible su texto, su trama. Pero si todo poema es espejo de sí mismo, se va volviendo luego espejeante. Refleja otros poemas…

Guillermo Sucre

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De nuevo en la casa de su idioma en 1954, Hilde Domin se aferró a lo que había vivido y soñado, y comenzó –tardíamente, diríase–  una poesía  apegada al mismo plural con el que inició su periplo desde Alemania, pero luego asentada en su tierra pudo desentrañar otros verbos, menos alusivos a los que durante varias décadas conjugó en todos los tiempos para expresar el destierro, la lejanía, la pérdida de su paisaje y la voz familiar de su lengua, el acento de su espíritu, el que no dejó de cultivar en sus más de doscientos poemas revelados con el mismo tesón con el que atenuaba la respiración para no convertirse en quejido.

Canciones para dar aliento (Editorial Llantén, Buenos Aires, 2018) es una antología que recoge la fuerza que heredó de su ciudad, Colonia, donde en 1909 vio la luz y que hoy, gracias a la traducción de Geraldine Gutiérrez-Wienken, se nos ofrece para anclarla a nuestras reflexiones.

La palabra es su máximo riesgo. Todo poeta sumerge su existencia en las palabras, pero para Hilde Domin la Palabra misma es el poema que respira desde él. La Palabra es su pulmón. El poema deviene travesía, ida y vuelta: tierra por tener, patria universal vista desde la suya propia: para un judío la patria es un libro, la Palabra.

El Holocausto, la Shoah, no la alcanzó en su carne, en sus huesos, pero sí en su poesía, en la voz de los suyos, de tantísimos que fueron convertidos en ceniza. Cada verso se sostiene sobre la base del regreso para no dejar de reconocerse en los ausentes, en los anónimos, en un paisaje que cambia, que ambula en su memoria:

“Uno tiene que saber irse/ y sin embargo, ser igual que un árbol:/ como si se quedasen las raíces en el suelo,/ como si se moviese el paisaje/ y nosotros nos quedásemos parados./ Aguantar la respiración/ hasta que cese el viento/ y el aire ajeno empiece a rodearnos…”.

La afirmación de Gadamer sobre la creación de Domin se centró en ese punto: en el regreso, en la poesía como tránsito constante porque todo regreso es una mirada al mismo lugar, cambiante, movedizo, al de las primeras voces, al de los dolores, al de la felicidad que aún espera bajo la sombra de unas ramas.

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Mientras el tiempo se deslizaba sobre otros afanes, Domin iba guardando esas palabras para convertirlas en el aliento que brotaba de aquéllos que el silencio borró. Se dio y les dio voz: ambos fueron el poema que la palabra reclamaba.

Por eso:

“Promesa, ruta que conduce/a casa,/a una cita conmigo misma./Irse sin peso,/cuando el corazón ha quemado el cuerpo…”.

La levedad, la liviandad de lo que fue el cuerpo. El vuelo desde el polvo mismo, desde el aturdimiento del viaje, desde el monólogo insistente:

“Tú hablabas de quemar barcos/ –y los míos ya eran ceniza–, /tú soñabas con levar anclas,/ –y yo estaba ya en alta mar–/tú ibas de la patria a la Nueva Tierra/–y yo estaba sepultada ya–/en tierra extraña,/ y un árbol de raro nombre,/un árbol como todos los árboles,/creció en mí,/como de todos los muertos,/sin importar dónde”.

La resurrección, la palabra renacida desde la raíz que la tierra contiene: las palabras emergen de esa potencia memorial: los muertos son el poema. La Palabra su carne.

Insiste: “El muerto es el único en quien podemos confiar./Duerme en nosotros/ acurrucado”.

Son tantos los muertos, tantas las vidas apagadas para confiarse, para redimirlas, volverlas del viaje, de esa recurrencia: “Al muerto se le permite la totalidad./Date prisa en ser un muerto./Al muerto/se le cumplen todas la promesas”.

Hilde Domin las cumplió: recorrió la tierra, respiró la sal de una isla y, finalmente, volvió a la de sus muertos a confiarle su poesía, su Palabra. De esa estadía quedaron estas líneas y otras más:

“Somos extranjeros/de isla/en isla (…) y los mapas de profundidades/no valen/para nosotros”.

Los que murieron también salen de sus tumbas para hacerse palabras en el cuerpo con el otro: “Nada es tan efímero/como el encuentro”, pero encuentro al fin, Domin lo logró, no dejó a un lado su propósito inicial cuando escribió sus primeros versos en República Dominicana: no olvidar, propiciar la llegada del que no está, del que ahora es texto, trazo, voz, aliento, país nostálgico. Y pese a haber afirmado que “Nunca volveremos/a encontrarnos”, su poesía arribó a puerto seguro, por eso después dejó esta marca: “No vale la pena temerle/al encuentro”.

Su noche, sus barcos, las mareas de su existencia fueron el trasunto de su mirada puesta en el pasado, la sombra de otros días, la revelación de su historia, que es la historia universal del dolor:

“Si yo fuera un pájaro/volaría hacia nadie”. Esa palabra, “nadie”, es también referente del alguien que la habita, de ese alguien que la hizo escribir: “Me olvidaste hace tiempo. /Ya no recuerdo a nadie, /no a ti, /a nadie”.

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Las dos miradas, las de Guillermo Sucre y Hannah Arendt, configuran el pensar y el vivir de esta mujer-poeta, de esa viajera que retorna, pero que dejó sus huellas, como su piel, en los lugares donde estuvo, como un tributo a lo que antes había quedado en su Alemania. Vuelve con una isla en sus barcos. Vuelve a su Heidelberg y allí sigue su escritura:

“Yo soy la extranjera/que hable su idioma”,

recupera su tierra, pero trajeada con las sílabas de la ausencia: ahora, su idioma, el que no abandonó nunca, se vuelve ceniza sobre todos los poemas: el recuerdo la recupera, aunque el poema, esa resurgencia, se delegue a la negación. Será elevación:

“Se leerá sobre nosotros/póstumamente (…) Nuestro polvo/jamás será tierra”.

Recurre entonces al hijo asesinado del primer hombre y de la primera mujer, como si el retorno fuese el génesis de una existencia nueva, retornada:

“Abel levántate/para que todo empiece de otra manera/entre todos nosotros”.

No ahorra voz ni distancias. El poema es un largo devenir, un largo trasiego. Domin también retorna a ella como puerto:

“Me nombré, /yo misma me llamé/con el nombre de una isla”.

Aquella isla que quedó atrás, ahora en su palabra, en su memoria, en el poema, florece desde el último día de su aliento compasivo.

 

Texto de Alberto Hernández
Exclusivo para Poemas Humanos, Maracay, 2 de junio 2018
Revisado por Néstor Mendoza
Encabezado: Eddy Reinoso

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