Juan Ramón Jiménez, perfumista parisino ǀ Ensayo ǀ por Néstor Mendoza

 

Y como ocurre siempre,

el exceso de valoraciones trajo luego la desestima.

Luis Cernuda

 

En un orden y una disposición meticulosa, y a cierta distancia, cada flor debe morir boca abajo. La manteca animal debería robar toda la esencia de los pétalos, debe chupar todo cuanto sea posible chupar. El enfleurage, la antigua técnica de apropiación de olores y de obtención de aceites esenciales, ofrece una primera posibilidad de encerrar en un pequeño frasco la vida olorosa de la flor, la vida misma de la flor, su alma. La flor debe ser sacrificada. Debe morir: lo importante es el encanto de la cosa y no la cosa misma. Por eso el poeta andaluz quiere ser perfumista, quiere ser parisino.

Juan Ramón Jiménez estimula reacciones contrarias, auspicia síntomas opuestos entre sí y pocas veces logra un consenso de gustos y preferencias. Algunos juicios sectarios dirían que la concesión del Nobel lo privó del semi anonimato saludable que todo poeta suele tener. También dirían que esa sobreexposición lo arrinconó a la ceremonia permanente de las ediciones de Aguilar y a las tapas duras y azules, con firmas doradas, de Ediciones Orbes. No sería ocioso proyectar una estadística: cuántos poetas hispanohablantes pueden sentirse deudores incondicionales de su obra; es decir, cuántos jóvenes españoles, guatemaltecos, peruanos, colombianos, guineoecuatorianos, venezolanos o argentinos se sienten atraídos por algún texto inamovible, destacado de tal manera que volveríamos a verlo en tinta amarilla fluorescente en cada pasar de páginas. Este par de interrogantes las resumo en una sola, más directa y “afectiva”: ¿Cuál es su vigencia —presencia fervorosa, desde luego— en nuestros anaqueles privilegiados?

 

Lo hemos visto encima de manteles, junto a viejas ediciones, material jurídico y manuales escolares caducos, casi olvidado en determinadas calles, calles muy cercanas a estaciones del metro, en improvisados y modestísimos negocios libreros. Hemos visto innumerables ediciones de Platero y yo (con burritos en la portada, coloreados o bosquejados en siluetas blancas), no pocas de sus Antolojías —con j o con g—, selecciones mixtas de verso y prosa y volúmenes de siluetas biográficas dedicadas a escritores contemporáneos (Españoles de tres mundos, en primer plano). Y no puede faltar, en este breve inventario, su encuentro en la edición que conmemora los 50 años del recibimiento del Premio Nobel. Esto podría ser todo el Juan Ramón que hemos conocido (que yo, particularmente, he conocido). Aunque lo primero que poseo son unos versos de un libro comprado hace más de diez años; versos, asimismo, utilizados en cursivas en un poema de Andamios, mi primer libro: “No somos más que débil saco de sangre y huesos”. También retengo una frase suya que me acompañó obsesivamente a todas partes: una casi perfecta y conciliatoria definición, en tan solo dos palabras: la poesía —la creación poética— es un “instinto cultivado”. Allí comienza Juan Ramón. Allí comienza este interés que sale y se detiene durante meses, hasta que alguna referencia —llegada por caminos alternos — logra ubicarlo nuevamente en el interés sincero de la relectura. En estos casos, lo ya conocido se ensambla con lo leído recientemente. No importa si se trata de una cita teórica o del morbo de pasadas querellas entre sus pares españoles y latinoamericanos, como las clásicas disputas con Luis Cernuda (“El amor, dada la esterilidad afectiva de Jiménez, había de resultar en él solo literatura”), con Pablo Neruda (“Juan Ramón Jiménez, poeta de gran esplendor, fue el encargado de hacerme conocer la legendaria envidia española”) y en las cortas alusiones que nos llegan de Octavio Paz —el Octavio Paz de In/mediaciones—, al momento de recordarlo en un ensayo sobre Jorge Guillén. Inclusive el mismo Gómez de la Serna, en alguna tertulia del Café Pombo, lo retrata con premeditada ironía (“señorito andaluz, despectivo, requeteplanchado, maniático”). Al poeta de Moguer pueden catalogarlo de buscador incansable de representaciones puras, de pulidor de piezas quintaesenciadas y labrador de joyas de éter no corruptibles al tacto o a la mirada lasciva. Sin embargo, el celaje de su poética sigue una línea que nos persigue sin importar estos conflictos de vieja data.

Sin proponérselo, Gabriela Mistral y Juan Ramón dotaron a Paul Valéry y a Lucian Blaga de una notoriedad no sobreexpuesta. ¿Y Paul Valéry no es un poeta sobradamente conocido? En efecto: la obra del francés se cita exhaustivamente: ¿Quién no ha memorizado los primeros versos de El cementerio marino, en la traducción de Guillén o de Sologuren, o se ha paseado por su prodigiosa Teoría poética y estética? No obstante, la notoriedad de Valéry es de otra estirpe (no exenta de repudios justificados). Recapitulemos: Mistral gana el Nobel en 1945 (Valéry muere ese mismo año; su hombre «sonaba» poderosamente en grado universal y, desde luego, en los cubículos de la Academia Sueca). En cuanto a Lucian Blaga, el poeta rumano, fue uno de los candidatos durante el año en el cual Juan Ramón recibe el Premio (en 1956). Cuatro poetas (Mistral, Juan Ramón, Valéry y Blaga) que tuvieron un desenlace particular, todos ellos vinculados a esa doble cara de recibir o ser nominado al Nobel. En este caso, no sé si para bien o para mal, la lengua española salió bien situada (¿o sitiada?).

Es en la prosa donde Juan Ramón Jiménez ofrece una desacomplejada soltura. El poeta se encuentra plácido, franco: ofrece caricias visuales de experimentado voyeur. Avanza con una sintaxis de abundante puntuación, en trazos ornamentados, a la caza de un discurso que delinee los defectos y virtudes. En el breve retrato sobre José Asunción Silva, por ejemplo, nos relata una refinada descripción homoerótica: “Me gusta representarme a José Asunción Silva desnudo, con su Nocturno segundo y único en la mano”. Más adelante, ofreciendo un rebatible juicio de valor, dice: “Bécquer no fue cursi porque no fue esnob, dandi; Silva sí por su parodia lijera de París, hasta por la manera de matarse ante los demás”. Y no escasean los imbricados y muy borrosos episodios descriptivos (“Y Ortega dilata el pecho de su armadura ataujada hablando, íntegro fraseador de su convencimiento”).

De algunas marginalias del 2008, escritas en los alrededores de la página 153 (de uno de los tomos publicados por RBA Coleccionables, 2001), extraigo una referida a “Canción”, del libro Piedra y cielo: capacidad de síntesis en pocos versos. Concisión máxima y significativa. Le inyecta a un elemento diminuto una gran capacidad para contener dentro de sí toda una estación. Copio el poema de Juan Ramón que estimuló mi vieja marginalia: “Todo el otoño, rosa/ es esa sola hoja tuya/ que cae. // Niña, todo el dolor/ es esa sola gota tuya/ de sangre”. Abundan otras anotaciones que por miedo escénico no reproduzco ahora, pero me interesa citar algunos grandes versos subrayados: “El amanecer tiene/ esa tristeza de llegar,/en tren, a una estación que no es de uno”. Hay otros fragmentos (muy pobres, ciertamente, por ser tan livianos), descansos innecesarios que destaqué en ese entonces con líneas onduladas: “Corrí, loco; busqué por todo el día,/como perro sin amo”.

Leer a Juan Ramón implica abrir una plancha de granito. Es una capa que ha ganado peso y cerrazón. Casi una cripta. No se sabe si aparecerá una osamenta o una fotografía deseada en el tacto solitario. Debemos probar qué tan aptos están nuestros músculos lectores para desprender esos bloques. Primero, me parece, habría que despojarlo de esas coronas florales que nos impiden ver. Quitar, sucesivamente, la imagen compacta de poeta laureado. Quitar esos finales (prescindibles finales) que intentan trascender mediante el epíteto: corazón único, médanos de oro, infinita primavera pura, verdad presente. Es difícil e incluso arriesgado formular este ejercicio ante una obra que, precisamente, se cimienta en la omisión autobiográfica: “quisiera que mi libro/fuese, como es el cielo por la noche,/todo verdad presente, sin historia.// Que, como él, se diera en cada instante,/todo, con todas las estrellas; sin/ que, niñez, juventud, vejez, quitaran/ni pusieran encanto a su hermosura inmensa”. Solo la aparición de Blanca Hernández Pinzón, su primer amor juvenil y pueblerino, contradice ese empeño intransigente.

Hay un poema que invita a la relectura, y que, con potente eficacia, nos alcanza: el poema «Desvelo». La antítesis justa, adecuada, se impone con mucha fibra muscular, particularmente estos primeros cuatro versos:

Se va la noche, negro toro

—plena carne de luto, de espanto y de misterio—;

que ha bramado terrible, inmensamente,

al temor sudoroso de todos los caídos;

En no pocas páginas de Juan Ramón, el yo lírico ejerce un poderío tan amplio que roza el ejercicio dictatorial. Todo parece girar alrededor de sí mismo: es un sol que ha engullido sus planetas, un caracol que tritura sus espirales y las absorbe. Sus poemas se mueven entre la ligera exclamación aliterada (“¡Cuánto tardas en salir,/sol de hoy, sol de hoy!”) y la petición efectiva (“devuélvele/la corriente completa/al cauce de su pensamiento”). Si en los poemas de Juan Ramón hubiese menos yo evaporado (menos “subjetivismo egotista”, según Cernuda), y más Juan Ramón sudoroso, reptil, terreno (como en buena parte de su prosa), tal vez nos sentiríamos más cercanos, es decir, más inclinados a una admiración prolongada, a una aturdimiento que nos haga sentir vulnerables y no indiferentes. Juan Ramón edificó una ciudadela para su intimidad. Allí leyó solo. Amó solo. Pensó en las invariables versiones de un mismo verso, en el beso pensado y luego ofrecido a una Zenobia catalana y neoyorquina. Es la victoria de la individualidad emigrada. En sus poemas solo podría haber espacio para él. Él era en amante y el amado. ¿Por qué no oyó los ritmos afrocaribeños en su exilio de San Juan y La Habana? ¿Por qué envejeció tanto? ¿Qué hizo? ¿Qué dejó de hacer? ¿Qué olvidó darnos? Prefirió utilizar el enfleurage para extraer y obtener el encanto de la cosa y no la cosa misma. Escogió, como el asesino perfumista Jean-Baptiste Grenouille, el olor destilado de cuerpos vírgenes y no la sucesión de caricias.

No sería otro el empeño de su reescritura que el deseo de anularse, y en simulada perfección, borrar las “impurezas”. En lo aparentemente impuro está la sal, el condimento, el tacto bien dirigido entre las sábanas nocturnas. Valéry supo abandonar su cementerio marino. ¿Y Juan Ramón?

 

Texto autorizado por Néstor Mendoza

Encabezado diseñado por Eddy Reinoso

 

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