Una máquina para comprender ǀ Ensayo ǀ por Rubén Darío Carrero

No más poetas platónicos, no más objeto poético, no más homenajes ni ombligos, no más inanidad sonora, el poeta hoy está a las afueras, en los márgenes, en las orillas, en las lindes, y busca comprender su tránsito en el lenguaje, desde la condición del destierro, desde el exilio, desde la extrañeza, desde la ciudad, desde el lugar en el mundo donde la condición humana es íntima conciencia y crítica. Crítica viene de crisis. Esto lo sabía el poeta venezolano Harry Almela.

La ciudad en América, ese imposible hegeliano, que por pura naturaleza está condenada a la utopía, tiene una historia, una historicidad, que va desde la palabra, desde el nombre del aborigen que señala con su dedo curvo al táparo, al cují, a la guayaba y al bachaco; desde el campo sin puertas y sus leyes de Indias, de las lanzas y los caballos a la república corrupta de caudillos y mausoleos, hasta el día de hoy, con nuestro adiós al siglo XX, que somos no más que el mismo campo aquel cubierto por toneladas de cemento y una modernidad que titila siempre apagada en el pensamiento y en el satélite sin estrellas. Ahí el poeta, ahí la reflexión, ahí Harry Almela que comunica, dice y habla de nuestra condición de ser en el mundo. Ya lo dijo una vez en una entrevista a Diosce Martínez: “Me interesa una poesía sustantiva, que dé testimonio de mi infierno y de mi paraíso (…) la poesía no es solo una vía hacia el conocimiento. Es también comunicación”. Sin miedo al lugar común, sin vacilación, sin panfleto, el poeta Harry Almela logra en su poesía no solo construir su propia subjetividad (contar el cuento) sino también, desde la intimidad, desde la vida de provincia (la ciudad), desde el pueblo de sus tormentos (su ciudadanía), logra comunicar la condición histórica de su tribu, de la sociedad, del país y su fracaso en esta parte del mundo donde la naturaleza todavía es nombrada entre edificios, techos y andamios.

Como un pintor flamenco y su pedazo de país entre dos palos que simulan ser postes frente a la montaña, la poesía de Harry Almela se abre a la escena, ya no de Colón y su diario, sino que se abre al lenguaje seiscientos años después, al lenguaje que todavía nombra, y quiere nombrar, porque es, porque existen esas palabras en la memoria creadora, en la historia y en el paisaje, la condición humana sin fórmulas, sin ciclos, sin pirámides, solo como aquel que llama al otro ya desterrado del paraíso, pero todavía buscándolo en la palabra, en el poema.

Octavio Paz, barroco light, llamó al soneto “la máquina de pensar”, aquella estructura de tierra; rey y cielo ya solo son sonidos (cuatro-cuatro-tres-tres), un rumor de pensamientos que todavía se escucha en el fondo de las voces de los poetas, pero que hoy, ya después de Galileo Galilei (“E pur si muove”) y después de Auschwitz y la queja de Adorno y la respuesta de Celan, el poeta reposa, piensa y solo busca comprender, como Harry Almela, desde Mariara, a orillas del lago Tacarigua:

“confórmate con vivir

desde la palabra

no en la palabra

lo que está escrito

aún espera”.

 

Escrito exclusivo para Poemas Humanos
por Rubén Darío Carrero
Buenos Aires, 8 de mayo de 2018
Encabezado de Eddy Reinoso
Revisado por Néstor Mendoza

 

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